Canarios y pérdidas
Hace casi un año compramos nuestro primer canario como regalo de cumpleaños para Cacún. Tanto papá como mamá habíamos tenido canarios de pequeños en casa y en casa de nuestros respectivos abuelos. Así es que pensamos que sería una buena idea empezar a criarlos, que Cacún y Chiquipé vieran día a día vivir a los pajaritos…
En cuanto llegamos a casa, preguntamos a Cacún cómo llamar al canario. Y, como era de esperar, optó por ponerle su mismo nombre. Mala idea. Durante un par de semanas cuando una preguntaba: “¿Dónde está Cacún?” o el tan trillado “¿Qué está haciendo Cacún?”, recibía una respuesta no siempre esclarecedora de a quién hacía referencia la información, como por ejemplo: “En el jardín” o “Comiendo” o incluso “Durmiendo”. Cacún-canario fue un compañero encantador. Era precioso y al ser el primero Cacún pasaba largos ratos sentado frente a la jaula viéndolo… la primera semana. Claro que el pobre no vivió mucho más. Una noche empezó a tener unos espasmos de lo más raros, como una especie de “hipo canario”. El día siguiente se levantó igual y nos dimos cuenta que había acabado con toda la reserva de bizcocho que papá le había puesto en plan “para toda la semana”. Esa misma tarde lo encontramos muerto en la jaula. Cuando Cacún preguntó no sé porqué en lugar de decirle que había muerto me salió que se había escapado. Ni siquiera lo pensé, sólo me salió.
Papá y mamá nos negamos a darnos por vencidos tan pronto. Como el atracón fue la causa que atribuimos a tan prematura muerte, pensamos que sólo era cuestión de no darle más bizcocho. Volvimos a comprar otro macho. El nuevo canario no tomó el nombre de Cacún porque a éste se le ocurrió que un nombre mejor era Cincuenta. Y Cincu pasó a ser uno más en la familia. Durante algún tiempo pensamos que no cantaba porque estaba asustado por tanto cambio; luego pensamos que no cantaba porque era demasiado joven; finalmente creímos que no cantaba porque no tenía una hembra cerca…
Pasado un tiempo prudencial de un par de semanas, decidimos comprar una canaria. Por aquello de la parejita… porque el pobre Cincu estaba muy solito y no le salía la voz del cuerpo. Y así llegó a casa la que estaba destinada a ser la compañera de Cincu y madre de los futuros retoños canarios. Todo empezó a ser muy raro. Porque Cincu siguió sin cantar ni hacer intento alguno. La familia más especialista en estos temas concluyó que Cincu no era un macho, era una hembra, cosa que aceptamos a regañadientes porque ahora teníamos dos hembras y lo de la crianza iba a estar complicado. Lamentablemente la compañera de Cincu no duró más que dos días. Ya venía en mal estado de la tienda, pero la llegada a casa y la disputa por la jaula con Cincu no favorecieron en nada su delicada salud. Esta vez sí le dijimos a Cacún que la pobre canaria (de quien no recuerdo el nombre, aunque sé que lo tuvo) había muerto. No hubo más preguntas. Todavía estaba Cincu que, aunque había pasado a ser una canaria, todavía era preferido por Cacún.
El tito Albert nos ofreció a su “Macho machote” para tratar de criar antes de que acabara la primavera. Los dos se llevaron muy bien nada más verse y durante un tiempo pudimos disfrutar de su “baile del apareamiento”. Todo iba de maravilla. Cincu empezó a poner huevos, uno por día hasta un total de cuatro. Y entonces una desafortunada decisión hizo que todo se fuera al traste. Consideramos que el lugar escogido estaba un poco en el paso, que Cincu necesitaría tranquilidad en estos momentos y que si cambiamos la orientación sería mucho mejor para el empolle. Así es que cambiamos la jaula de orientación. Cincu salió espantada y ya no quiso entrar en el nido más. MM trató de hacerla entrar por todos los medios, empujando, piando, cantando, colocándose sobre los huevos… no hubo manera. Dimos por perdidos los huevos, pero pensamos que todavía estábamos a tiempo de una nueva puesta.
A la mañana siguiente, al salir a trabajar, me di cuenta de que la jaula estaba vacía. El nido se había caído al suelo, los huevos no estaban y los canarios tampoco. Responsabilizamos a los gatos del barrio. Pero después de jurar venganza, un examen más minucioso de la jaula y los restos nos indicó que se había caído el nido por falta de agarre. Seguramente entraron los dos a la vez y se desplomó todo. Esta vez fue la más triste para mi. A Cacún no le dijimos nada de muerte, sólo le explicamos la desaparición. El cree que están por ahí viviendo tranquilamente, en plan familia tradicional. ¡Qué tierno!
Papá entró en modo Scarlett O’Hara y me puso por testigo de que nunca más compraría un canario. Pero si es triste que desaparezcan, más triste es tener la jaula vacía, colgando de la pared… es un tanto deprimente. Y papá no acepta una derrota como resultado final. Así es que volvió a pedir la revancha y así fue como llegó nuestro último inquilino a casa. Al principio Cacún decidió que se llamaría Edu. Pero todos nos equivocamos constantemente y le llamamos Cincu. Así es que por unanimidad (incluso Chiquipé levantó la mano) lo renombramos a Cincu. Es el segundo más bonito (Cincu “the first” era el más bonito con diferencia) y el primero en canto… Y todos deseamos que tenga una larga y productiva vida.
Nota: Esperaremos hasta primavera para volver a intentar la crianza. Lo bueno de todo esto es que ya hemos corregido algunas prácticas nocivas y creemos poder afirmar que no se volverán a repetir las circunstancias que condujeron a esas pérdidas. Continuará…

