Ayer llegaba papá de su viaje a Madrid. Desde que nos levantamos estuvo con la pregunta en la boca:
- ¿Viene hoy papá? ¿Han pasado ya cuatro días?
Yo le contesté que sí, lo que dio paso una larga charla sobre el viaje, la llegada a la estación y demás.
Cuando llegó a la casa de la abuela no pareció satisfecho y siguió preguntando sobre la llegada de papá, sobre cuántos días habían pasado y si ya era el día cuarto.
Más tarde, después del colegio, cuando lo recogió la otra abuela, también siguió con el tema.
A la hora de comer, mamá llegó y ya estaba esperándole la pregunta:
- Entonces, ¿viene hoy papá? ¿No me engañas?
- No, no te engaño. Luego iremos a buscarlo a la estación.
- Y, ¿todavía sois marido y mujer?
- Sí, hijo, todavía.
La hora de ir a la estación fue impresionante. Durante el trayecto (corto) no dejó de hablar, preguntando cosas como:
- ¿Seguro que sabes ir a la estación?
- Que síiii, que sé ir.
- ¿Y cómo lo sabes?
- No ves que yo antes iba mucho a Madrid porque vivía allí.
- ¿Cuándo estabas casada?
- No, no estaba casada…
Ya en la estación la emoción se veía en su cara. Cuando llegamos estaba en el andén el tren de Murcia que es el último que sale de la estación, un cuarto de hora antes de que llegue el de Madrid. Cacún hace meses que sabe cómo funciona el tema de las estaciones de trenes (bueno, lo que sabemos nosotros y le fuimos contando en su época dorada de “los vehículos”), así es que se maravillaba cada vez que encontraba algo que reconocía: las vías, la taquilla, la locomotora, el revisor, los vagones, el carro de las maletas, los bancos y, sobre todo, el jefe de estación y su silbato. Cuando el buen hombre dio la salida al tren y se acercó a nosotros camino de su despacho, Cacún no podía quitarle los ojos de encima. Pero cuando, además nos dijo “Buenas noches” al pasar por nuestro lado, al pobre le salió un “Buenas noches” entre emocionado e incrédulo de que personaje tan “conocido” se dirigiera a él que no podía ser verdad. Lástima que en lugar de bandera llevara sólo linterna… otro tema para conversar mientras esperábamos.
Los siguientes 15 minutos fueron una misma pregunta: ¿cuándo llega el tren?, salpicada con complementos del estilo: ¿cuándo se ve la luz? O ¿cuándo se oye la sirena? O ¿cuándo vuelve el hombre del silbato?
Tuvimos una charla acerca de si el hombre del silbato era como un árbitro porque los dos llevaban pito, jugando a las diferencias entre ambos…
Llegó papá y Cacún no podía apartar los ojos del tren.
Camino de casa, justo antes de cerrar los ojos de puro cansancio, sólo dijo:
- Jooo, yo sólo he estado una vez en Madrid. Me gustaría conocer más Madrid.
Exclamación lastimera tras la cual se quedó profundamente dormido hasta esta mañana.
Nota: Desde que papá le contó a Cacún la “historia” de nuestro noviazgo y boda, se ha convertido en su segundo tema recurrente. No para de preguntar acerca de la boda, de cuando éramos novios, de dónde estaba él en esos momentos, y todo lo demás.