Cacún cumple cuatro años y, aunque las celebraciones oficiales serán mañana, hoy es el día.
Es nuestro día y estoy tan emocionada como él. Bueno, no sé… porque él lleva meses esperando que llegue su cumple, esperando para ser el “jefe” y hacer “todo lo que quiera”. Y dicho así suena como si no fuera eso lo que hace prácticamente todos los días.
Ayer antes de acostarme, nos recordaba a papá y a mi paseando por los pasillos del hospital (en el que ya llevábamos casi una semana esperándote)…
Sábado, 16 de agosto de 2003, un verano especialmente caluroso. Desde el lunes anterior ingresada. Durante toda la tarde tuvimos visita: familia y amigos que nos venían a ver, a comprobar que seguíamos intactos. Después de la cena (que en los hospitales es una cena muy europea en horario) empecé a sentirme molesta. No diría que fueran dolores, más bien una ligera “presión” con ocasionales “pinchazos”. Ya nos habían dicho que había que andar, así es que seguimos con nuestra rutina de subir y bajar escaleras. En menos de dos horas de paseo, las ligeras molestias pasaron a ser dolores ligeros y sobre las 10 dolores continuados y nada “ligeros”.
Una que se había leído todo lo que había caído en sus manos y no quería molestar mucho a los trabajadores del hospital, muy discretamente llamó al interfono de su habitación y solicitó la visita de la matrona. Esta apareció bastante calmada unos (largos) minutos después. Y fue la primera en inaugurar una noche de “comprobaciones manuales de la dilatación” que dicho así queda mejor que lo que en realidad sentí durante todo ese tiempo en que cada vez que entraba alguien con bata blanca me abría las piernas y metía la mano a ver qué encontraba.
A las 23 horas, con 4 centímetros de dilatación, me bajaron a paritorio. Y allí empezó la preparación al parto, que es como si de pronto tú dejaras de ser la actriz principal y todo el mundo a tu alrededor se empeñara en sacar adelante algo que tú eres la única que puede sacar adelante. Para las que estén interesadas: me raparon, me pusieron enemas molestísimos , me quitaron la ropa, me pusieron la epidural (esto sí lo pedí yo) y me obligaron a tumbarme con el monitor puesto. En ese momento dejaron entrar a papá. Que pienso yo que si no los dejan entrar antes, ¿por qué es? Imagino que nadie allí pensará que puede dar mal rollo a “papá” verte en ninguna de las situaciones en que te ves, que si estás preñada y a punto de parir va a ser porque papá ya lo ha visto casi todo, ¿no?. Bueno, la cuestión es que las instrucciones eran precisas: el bebé estaba muy arriba y, aunque ya estaba casi dilatada había que hacerlo bajar. Así es que papá controlaba el monitor y yo hacía pujas obedientemente cuando el dibujo de la máquina indicaba que tenía que hacerlo.
Después de las comprobaciones de no sé cuántas matronas, médicos, enfermeras rasas y hasta me atrevería a decir que auxiliares, uno de ellos entró con una aguja enorme y sin decirme nada me rompió la bolsa. También sin decirme nada se retiró dejándome un chorreo que yo apenas notaba. ¡Vaya! Después de tanto tiempo pensando mientras me bañaba en la playa o en la piscina, si sabría reconocer la rotura de la bolsa, resultó que después de mi primer parto tampoco iba a resolver la incógnita.
Antes de las 3 estaba completamente dilatada. Me pasaron a paritorio. Pero no dejaron entrar a papá porque no sabían si iban a tener que utilizar fórceps ya que el bebé estaba todavía muy arriba. Mientras entraba yo sola, vi al médico recién levantado. Y antes de que me diera cuenta hizo subir al que me había roto la bolsa sobre mi barriga y empujar. Yo no noté absolutamente nada y en menos de 5 minutos mi expulsivo terminó. En cuanto sacaron a Darío yo sólo quería verlo. Llevaba meses esperando sólo para tocarlo. Pero no. Se lo llevaron a hacerle esas pruebas que hacen nada más nacer y cuando le dije a la enfermera o a la horrible bruja mala que me atendió después: “Quiero ver a mi hijo”, me soltó un “¡Ya tendrás tiempo de verlo toda la vida!” Esto último me provocó una terrible necesidad de saltar de la camilla y tirarme a su cuello en modo vampiro. Ahí entendí porqué te atan los pies a los estribos esos y porqué tenía un gotero puesto: es realmente difícil saltar al cuello de alguien en esa postura.
Podéis pensar que mi experiencia de parto no fue muy buena, sin embargo debo decir que, hasta que pasé por mi segunda experiencia de parto, o sea, hasta que nació Chiquipé, juraba a quien me quisiera escuchar que mi parto había sido genial. Y es que una no valora lo que tiene hasta que lo puede comparar con lo que no tiene o lo que quiere.
Mi primer recuerdo de Cacún es en la sala post-parto. Estaba en la incubadora (porque en verano por el aire acondicionado siempre los meten en la incubadora hasta que nos suben a planta). Estaba despierto y abría la boca increíblemente, apoyándola contra uno de los cristales. Recuerdo pensar que cómo podía haber parido un niño tan guapo, tan perfecto. Y también pensar que aquello había comenzado realmente bien. Y, aunque este último pensamiento en mi siempre es predecesor de pensamientos del tipo “ahora todo irá a peor”, en esa ocasión no sonó por ninguna parte. Recuerdo un cansancio infinito y placentero. Allí estaba Cacún y ahora teníamos que conocernos… Toda una aventura por delante.
Nota: Desde que sufrí en propias carnes la narración personal de cada mujer que me encontraba acerca de sus partos y sus (casi siempre) desgraciadas experiencias, procuro no añadir estrés extra al hecho ya de por sí estresante de tener que parir. Pero si alguien me pregunta directamente digo que he tenido dos partos fantásticos. Y que después de pasar por las dos experiencias prefiero un parto sin epidural y sin médico. Pero para el segundo parto, habrá que esperar a diciembre.